Juan Pablo Porras.
Las decisiones de alta política global suelen evaluarse en función de acuerdos energéticos y balances pragmáticos de poder. Sin embargo, cuando se trata de la historia de las naciones y de la memoria que trasciende en el tiempo, las decisiones cobran un peso mucho más profundo.
Presidente Donald Trump, la historia recuerda con honor a los líderes que no solo mueven los hilos de la economía, sino a aquellos que actúan con la rectitud, la justicia y el temor a Dios que exige la verdadera grandeza. Afirmar que los venezolanos “aún no están listos” para decidir su propio destino mediante elecciones transparentes es ignorar la fe, la madurez histórica y el sacrificio heroico de una ciudadanía que ha demostrado, una y otra vez en las urnas, su vocación democrática.
Es comprensible el interés por garantizar estabilidad en los mercados energéticos globales mediante acuerdos petroleros. No obstante, construir transacciones económicas sobre la estructura de las mismas instituciones que han secuestrado la voluntad popular y viciado los procesos electorales durante años resulta, en el fondo, insostenible. La prosperidad económica sin justicia ni legitimidad democrática es un edificio construido sobre arena.
La sociedad venezolana no es un actor pasivo en espera de ser tutelado; es una comunidad firme que exige claridad y que se niega a depositar una confianza ciega en instituciones desprovistas de autonomía. Para que la transición hacia una verdadera paz sea duradera y de beneficio equitativo para ambas naciones, se requiere responsabilidad comunicacional y apego a la verdad: la participación de los ciudadanos no puede estar condicionada ni secuestrada.
El verdadero liderazgo deja una huella indeleble cuando respeta la soberanía del alma ciudadana. Le invitamos a apelar a esa conciencia histórica y ética: no posponga el derecho inalienable de una sociedad que ya está lista para ser dueña de su propio futuro.

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